Dolor Crónico

Dolor Crónico

 - Una Prueba Personal
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Dolor Crónico — Una Historia Personal
Sufro dolor crónico debido a una enfermedad conocida como DSR, Distrofia Simpático Refleja. Esta enfermedad, recientemente renombrada como Síndrome de Dolor Regional Complejo, ha sido documentada desde la Guerra Civil Norteamericana y aun así es poco reconocida, incluso dentro de la comunidad médica. La DSR está caracterizada por dolor crónico que quema, a menudo intolerable. Yo tengo inflamación, cambios de color y de temperatura, que acompañan el dolor en mi brazo dominante. Mi brazo es hipersensitivo. Si alguien toca ligeramente mi piel, se siente como si me hubieran abofeteado. El agua de la ducha me hace sentir como si estuviera siendo apedreada. El aire frío proveniente del acondicionador de aire, es bastante doloroso, por lo que llevo un suéter conmigo, sin importar la temperatura. Es doloroso levantar cualquier cosa que pese más de tres libras, incluyendo mi nieta el día en que nació. El dolor aumenta con cualquier actividad que requiera agarrar o asir con mis dedos, incluyendo escribir, comer o cepillarme el cabello. Cualquier movimiento de mi muñeca que haga que la palma de mi mano vaya hacia abajo o hacia arriba, incrementa también el dolor.

Dolor Crónico — ¿Por Qué a Mí, Dios?
Como una cristiana con dolor crónico, yo me preguntaba por qué Dios permitía que yo tuviera esta enfermedad o por qué él no me había sanado. Yo creía que él era capaz de sanarme. Supongo que todo cristiano en un momento u otro, se pregunta “por qué”. En mi caso, creo que fui afortunada al encontrar la respuesta…

Un día, hablando con una amiga, señalé que había estado orando, antes de que me lastimara, por tener una relación más íntima con mi Salvador. Yo tenía “religión”, pero deseaba una relación más profunda. Yo era una buena esposa, había estado casada por treinta y dos años con el mismo hombre y era la exitosa madre de dos maravillosas hijas, ahora mujeres. También tenía dos maravillosos nietos que amaban a su abuela. Pero todavía faltaba algo en mi vida.

Como la enfermera a cargo de una sala de operaciones, estaba en el pináculo del éxito de mi carrera. Amaba lo que hacía y sentía que era muy buena en eso. Luego de veinticinco años de trabajo, había cumplido con éxito cada papel disponible en la sala de operaciones. Conocía bien mi trabajo y era respetada y reconocida. Estaba certificada como una enfermera de sala de operaciones, lo cual implicaba que había probado, educacionalmente hablando, mis méritos en mi campo. Pero aun así, sentía que no tenía valor o que estaba incompleta.

Así que, había estado orando por una relación más profunda con Dios. Quería escuchar de él de la manera en la que otros decían que lo hacían. Poco sabía de a dónde me iba a llevar esta oración. Primero, entré en conflicto con mi jefa y, luego de haber recibido cierta presión por parte de ella, me degradaron de mi papel como enfermera a cargo y volví a estar en mi posición como enfermera de equipo. Dos días más tarde, mi esposo sufrió un derrame cerebral. Afortunadamente, ya no era la enfermera a cargo, por lo que tenía tiempo para estar junto a él en su larga recuperación durante los siguientes meses. Cuando se hizo evidente que él era incapaz de volver a trabajar, me convertí en la proveedora del salario y la seguridad en nuestra familia. La seguridad que yo sentía en la habilidad de mi esposo para ganar un salario, estaba tambaleándose.

Pocos meses después, me lastimé el brazo. Pasé muchos meses en terapia, pero mi brazo solo parecía empeorar. Ya no fui capaz de trabajar en la sala de operaciones y me vi forzada a buscar otro trabajo. La responsabilidad que sentía como proveedora del hogar, me hizo trabajar frenéticamente en mi búsqueda por empleo, pero luego de dos años de infructuoso esfuerzo, fue aparente que ya no volvería a trabajar en ningún área de enfermería. Mi conocimiento, pericia y años de experiencia, ya no tenían ningún valor.

Dolor Crónico — La Experiencia de Toda Una Vida
El dolor crónico me ayudó a experimentar una importante verdad de la vida… Es fácil dar a Dios el crédito por sus bendiciones, cuando las cosas suceden en la manera que tú quieres que sucedan, pero es mucho más difícil aceptar que Dios está en control cada minuto de tu vida, cuando nada está yendo en la dirección que habías planeado o esperado. ¡Pero su Palabra dice que él está ahí!

Al principio, no me di cuenta que algo asombroso me había sucedido durante este tiempo. Siempre había batallado con temas referentes a la autoestima y el amor propio. Dos años de infructuosa búsqueda de empleo, me hubiesen puesto al borde de la depresión. No voy a negar que luchaba con ello; pienso que cualquiera que lidia con temas referentes al dolor crónico, tiene algunos períodos de depresión. Pero Dios estaba obrando en mi vida. Me comencé a dar cuenta que este era el momento en mi vida en el que yo debía aprender más sobre Dios y su amor por mí. Era el momento para que yo pasara sentada a los pies del Maestro, aprendiendo de él. Aprendí que Jesús es el hermano mayor que siempre había deseado, que quería estar conmigo y quería ayudarme a suavizar algunos de los problemas en mi vida.

La Biblia dice: “Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo” (Filipenses 3:7-8).

Dolor Crónico — Una Profunda Relación Con Dios
La lección más importante que aprendí de mi experiencia con el dolor crónico, era que mi valor no radicaba en mí ni en quién yo era. No estaba en mi título de enfermería o en mi educación. No estaba en mis veinticinco años de experiencia como enfermera o mi categoría. No estaba en mis capacidades físicas o la falta de ellas. Mi valor estaba en Dios y solo en él. Dado que todas las cosas que había valorado previamente fueron echadas al piso, encontré mi fortaleza real y mi valor real en Dios. En él encontré llenura y satisfacción.

¡Profundiza Ahora!



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